miércoles, 29 de marzo de 2017

A mis hermanos Juan y Javier




A mi amado Javier


Niño dulce, joven alegre,
coqueto, picaflor de sueños.
Tu sonrisa despertó
el paisaje sombrío.
Tu cara de ángel,
lozana como el rocío.
Tus cabellos abundantes
como hojas de laurel.
Tu piel de durazno,
tus ojos de miel,
tu vientre de agua,
tu voz de arrullo.
Tu pecho cálido,
abultado como suave esponja,
tus brazos son alas
y tus pies juguetones
como delfines
sobre las olas del mar.

Tu alegría
tuvo la fuerza de un ciclón,
enfurecido y bravío
nunca descansó.
Tu vida se ocultó
como la luna entre las nubes,
tus brazos enredaderas,
se cruzaron para siempre
como el rosal
en la tumba olvidada.

Con un nudo en la garganta
y un vacío en el pecho,
mi sonrisa se apagó,
mi vida se desvaneció,
mi ilusión,
entre gaviotas y flamencos,
en el horizonte desapareció.

Mágico nevado
así fue tu corazón,
fuente de agua cristalina,
radiante como el sol.

Soltarte, dejarte ir,
como se va el amor,
como se va la vida 
en una despedida.






Ese día estaba feliz y radiante.
Como tarde de circo,
 todos acudieron a ver aquel espectáculo,
donde todos sabían la hora,
 pero nadie quiso avisar al sorprendido.

Al instante de escuchar la terrible noticia,
mis pies se dispararon
como alma que lleva el diablo.
Ya casi sin aliento,
solo encontré un charco vivo y espeso
que desgarró mi garganta.

Caí de bruces presa del horror,
dolor que atormenta,
indiferencia cruel.
Humillación que maltrata,
cuerpo indigno,

sin memoria y sin voz.

Terminé por encerrarme
en la soledad de mi cuerpo
delgado y juglaresco,
sin derecho a lanzar
un grito de indignidad
ante esa miserable muerte.


Mi hermano Javier
fue un joven maravilloso.
Joven alegre y a veces pensativo,
tierno y hermoso lo recuerdo,
aún guardo su última sonrisa
en el último adiós.

Te amaré por siempre.  





Juan sin miedo

Juan sin miedo,
caminaba con el tumbao
que tienen los guapos.
Camiseta ancha,
jeans bota tubo,
tenis adidas,
gorra y audífonos.
En patineta
o en bicicleta,
siempre se veía.

Caminando la noche
entre laberintos de calles, 
se topó con la muerte.
¡Ay! hermano querido,
esa noche de tu agonía,
la mariposa negra
comenzó el día.

Joven apasionado por el vértigo,
vivió cada segundo
como si fuera el último. 

Los días quedan
en un profundo silencio...
Todo huele a flores,
un vacío en el pecho
se llena de lágrimas
y de recuerdos.

Te recordaré por siempre.

Mónica López


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