En la Sierra, cerca del caracolí,
pude contemplar las dádivas de la
naturaleza.
Un indígena malayo de tez morena,
tan firme como el árbol,
sus cabellos, negros bejucos
que colgaban de un sombrero de palma,
en sus ojos, la inocencia de mi
infancia.
Su rostro resplandeciente como luna
de verano,
vestido de traje blanco como ser
divino.
Su presencia me causó admiración y
exaltación,
consternada por su belleza me
desvanecí en el adiós.
Mónica López
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