Han venido desde todos
los árboles de la región
y de la otra orilla del
mar,
a disfrutar de la dulce
fruta madura.
Desde comienzos del alba,
una tonalidad musical
despertaba las hojas y
flores del solar.
La mañana cálida y
tranquila,
anunciaba que había
llegado una bandada
con la buena nueva,
festejar de un gran
banquete.
Poco a poco,
de hoja en
hoja,
de tallo en tallo,
de
salto en salto,
con vistoso traje,
cada uno anunciaba su llegada
con hermoso canto.
Azulejos, sirirí, reinitas,
carpinteros y chupahuevos,
pasaban de uno en uno saboreando
el fruto dulce y carnoso.
Aquel árbol había
preparado
un festín para dar a degustar
de
las delicias de sus flores.
Tronco esbelto,
y hojas
abiertas como sombrillas,
brindaban la fresca
perfecta
para posarse en aquella
fruta
de color cálido, repleta
de semillas
como embriones de vida
que se preparan para
salir.
Cada uno saboreó el dulce
aroma
de la papaya madura.
Todo el día esperé
ansiosa
escuchar el sonido de la
papaya caída.
Con el agua en los labios,
el trinar y la vista de
aquellos hermosos pájaros,
me dormí sin degustar al
paladar
de aquella sabrosa papaya
madura.
Mónica López
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